Fabricando becerros de oro

Poniendo límites a Dios

Éxodo 32:3-4.
El pueblo había fabricado aquel becerro llamándole "Jehová, el que los había sacado de Egipto"... no le llamaron Baal como el dios de los cananeos o Rá como el dios de los egipcios, para ellos esa estatua era la imagen de Dios... ellos qusieron darle apariencia a aquel que es intangible, querían ver al invisible, palpar al omnipresente... querían encontrarlo cuando lo necesitaban simplemente abriendo sus ojos para verlo, querían llevarlo con ellos para no perderlo de vista, querían tenerlo para sus necesidades en el momento que lo requirieran, querían un amuleto, un dios de la suerte o algo parecido; en resumen, ellos querían ponerle límites al Todopoderoso... y en otras palabras querían tener ellos el control.   

Cuando la presencia de Dios se posó sobre el campamento, ellos huyeron porque era intimidante (Hebreos 12:21), no querían aquella presencia delante de la cual los cielos destilaban y los montes temblaban (Salmos 68:8), no deseaban aquella presencia temible de Jehová (Isaías 2:19), ellos querían darle una apariencia dulce e irrelevante a Dios, aunque de oro...  ellos querían tener un dios a la medida de sus necesidades; pero Dios no es algo que pueda delimitarse en una imágen, aunque si bien es cierto la Biblia dice que tiene manos, pies, y ojos entre otras cosas, esto solo es una mera metáfora con el fin de que podamos entender un poco aquello inentendible para nuestra mente humana finita, pues el hecho mismo de tenerlas lo limitaría; Él no tiene forma porque si la tuviera no sería omnipresente.  Sin embargo, somos tan propensos a querer darle imagen a Dios, que tuvo que ponernos una ley donde lo prohibía; tenemos tan poca fe que queremos limitar a Dios en una imagen, queremos imaginarlo con alguna forma, y queremos verlo porque no podemos creer, tal como Tomás que no creyó hasta que Jesús se le presentó en persona y lo pudo tocar.

Esa falta de fe, nos hace fabricar nuestros becerros a los que damos en llamar "nuestro Dios"... becerros que nos hacen creer que somos verdaderamente creyentes, becerros que nos hacen sentir seguros que Dios está allí... becerros de sanidad, prosperidad y liberación.  Esos becerros que nos hacen sentir frustrados cuando consideramos que Dios no nos responde, o nos ha dejado solos o simplemente no quiere ayudarnos. Pero esos becerros son solamente síntoma de incredulidad, son aquellos que nos impiden que podamos seguir aún a pesar de los reveses, porque el verdadero creyente es aquel que aún si no recibiera nada de Dios seguiría adelante con la esperanza en la eternidad, porque cree no por lo que mira o siente, sino por que conoce la presencia del Dios intangible, donde ha decidido vivir para siempre.