Sin Excusas



Sin excusas…


Cuando el hombre abrió las puertas al pecado, también se inventó las excusas...  –la mujer que me diste –dijo Adán al Señor, echándole la culpa a su mujer… y no solo a su mujer, sino también al Creador de ella.  –la serpiente me engañó dijo Eva señalando al enemigo –pero, ningún demonio jamás tendrá la culpa del pecado de alguien, pues cada uno es responsable de su propia vida delante del Señor y cada uno de nosotros dará a Dios cuenta de sí (Romanos 14:12).


No podemos llegar delante del gran Juez de toda la tierra, pidiendo perdón porque un demonio nos incitó al pecado, porque no estaríamos reconociendo el cien por ciento de la culpa.  –Contra ti, contra ti, solo he pecado –dijo David el varón conforme al corazón de Dios (Salmo 51:4), cuando reconoció su terrible y vil pecado, aunque aparentemente fuera el espíritu de lujuria quien le motivó para hacer esa bajeza; porque él sabía que el pecado es una decisión y entendía de la responsabilidad personal al respecto.


Somos responsables del cien por ciento de nuestros pecados; culpables de nuestras decisiones equivocadas, y ninguna persona, ningún demonio, ninguna circunstancia, ningún razonamiento aparentemente valedero, ni ninguna otra clase de excusa deberá impedir llegar arrepentidos del todo delante del Rey de reyes y Señor de señores.   



Dios de montes y de Valles



Dios de los montes y los valles

Vino entonces el varón de Dios al rey de Israel, y le habló diciendo: Así dijo Jehová: Por cuanto los sirios han dicho: Jehová es Dios de los montes, y no Dios de los valles, yo entregaré toda esta gran multitud en tu mano, para que conozcáis que yo soy Jehová. 1Reyes 20:28.

Generalmente nos gusta ver las cosas desde arriba; vemos el horizonte desde el monte y descubrimos cómo era el camino que recorrimos para llegar hasta donde estamos… 

porque estar en los montes es emocionante, pues es cuando estamos arriba… es cuando el éxito nos sonríe y tal parece que andamos en las nubes.   Estar en los montes es estar en aquellos momentos de triunfo y de sosiego, es cuando el jefe nos exalta en el trabajo o cuando nos aumenta el salario…  es estar en aquellos instantes cuando sentimos que Dios está de nuestro lado… es el tiempo de ser reyes… el tiempo de ser grandes.

Sin embargo, los montes son pequeñas cumbres que resaltan entre valles, son solamente momentáneos, tiempos que se esfuman instantáneos.  Porque no siempre veremos desde arriba, muchas veces veremos desde el valle, no entendiendo lo que viene o desconociendo aquellas cosas que están alrededor.  A veces es el valle de la sombra de la muerte y del fracaso, otras veces el valle de los huesos disecados, el valle del dolor y enfermedad… pero siempre serán los valles de lo incierto, los valles del afán y soledad.

Pareciera que Dios solamente se aparece entre los montes, que es en esos tiempos cuando el Padre manifiesta sus bondades; pero cuán equivocados estaríamos si pensáramos así… porque Dios está también entre los valles… porque Dios es Dios de los montes como de los valles.   Y es allí cuando verdaderamente Él se manifiesta… es allí cuando muestra su mano poderosa… y es allí donde no temeremos mal alguno, donde su vara y su callado nos infundirán su aliento.  

LLorar o no llorar



Los Cristianos también lloran

Dicen que los hombres no deben llorar, y analizando esto detenidamente, es evidente que a todas luces es una vil mentira; pero que digan que los cristianos no deben llorar, y lo que es peor los obliguen a ello, es claramente un desvío destructivo de las almas de aquellos que han abrazado la fe.

La Palabra nos dice que lloremos con los que lloran (Romanos 12:15), y que son los que lloran, los que recibirán consolación (Mateo 5:4), así que la gracia del consuelo está disponible para aquellos que están derramando sus lágrimas en el fragor de la tristeza. 

Algunos dicen que un cristiano no debe llorar porque en él hay esperanza y hay algunos que hasta creen que un funeral sin lágrimas es un funeral de personas de fe, pero no se recuerdan que cualquier despedida es triste (Hechos 20:37), no se ponen a pensar que la esperanza de volver a ver a sus amados simplemente da consuelo a futuro, pero no seca las lágrimas por el presente, pues no quita el pensamiento de que todavía habrá que caminar por la vida con esa ausencia importante.   Hasta Jesús lloró, ¿por qué un cristiano no lo va a hacer?

Que Dios te bendiga si estás llorando en este momento… llora delante de Dios y seguramente Él te enviará el consuelo que necesitas, como un padre que ve llorar a sus hijos, te abrazará y te llevará a su regazo y te dirá que no estás solo y te llenará de esperanza, te sentirás mejor y seguirás adelante porque Él te sostendrá.

El amor al dinero


La raíz de todos los males


Es común en nuestros días, ver pastores y ministros de culto, que son buenísimos para colectar dinero, pues tal parece que han logrado descubrir la forma de motivar a las personas para que pongan muchos de sus bienes en el canastillo de la ofrenda.

Sin embargo, generalmente ésta motivación dista mucho de cumplir un objetivo altruista, ya que la mejor forma de convencerles es mediante la promesa de que están invirtiendo para recibir mucho más de lo que han entregado, es decir que les ofrecen un rédito demasiado atractivo.


No tienen un corazón dador, solo esperan algo a cambio, y esto de nada les sirve (1Corintios 13:3)...  no están siendo dadores por amor... están dando por amor, pero por amor al dinero. 


Así mismo, hay otros que se pasan la vida criticando a estos hombres que logran recoger grandes tesoros, mofándose de aquellos que se desprenden de sus bienes y dan sus diezmos, utilizando todo esto como excusa para evitar ser dadores, porque también aman el dinero.


Por lo tanto unos dan por amor al dinero y otros no dan por amor al dinero… 


No obstante, los deseos de Dios son que compartamos nuestro pan con los hambrientos, que ayudemos a nuestros hermanos cuando lo necesiten,  que cubramos a los que están desnudos, y que le demos a los pobres para sus necesidades (Isaías 58:7), que diezmemos de todos nuestros ingresos (Malaquías 3:10) y que todo lo que hagamos al prójimo lo consideremos como si lo hiciéramos a Él (Mateo 25:32-46);  pero lastimosamente el amor al dinero se ha opuesto a esa voluntad maravillosa del Señor.


Cambiemos esto y vayamos delante del Todopoderoso, clamemos por un cambio de corazón, y convirtámonos en personas más parecidas a Jesús, rompiendo la raíz de todos los males: el amor al dinero.





...y si no?.



…Y SI NO:


He aquí nuestro Dios a quien servimos puede librarnos del horno de fuego ardiendo; y de tu mano, oh rey, nos librará. Y si no, sepas, oh rey, que no serviremos a tus dioses, ni tampoco adoraremos la estatua que has levantado.Daniel 3:17-18 

Esa pregunta que muchas veces nos hacemos cuando en medio de las pruebas somos exigidos para desfallecer, esa pregunta que mata el optimismo de los más fuertes, destruye la ilusión de los soñadores y rompe los deseos de los que con esperanza luchan por un ideal.  Es la misma pregunta que impulsa la propulsión de la fe más poderosa que existe, la fe de aquellos que no están firmes porque han visto la mano del Omnipotente, sino porque creen en el Dios invisible; esa fe que va más allá de un simple “milagro” porque sobrepasa la creencia de que Dios hace milagros, porque vive constantemente en lo sobrenatural y plantea un futuro certero en las manos de aquel que hace maravillas cuando cree conveniente.    ¿y si no?

…¿y si Dios no me da esa petición?
 ¿y si Dios no sana a mi familiar?
¿y si Dios no me da ese trabajo?
¿y si Dios no me da ese puesto?
¿y si Dios no prospera mi negocio?
¿y si Dios se lleva a mi ser querido?

Pareciera la pregunta de un pesimista, o las preguntas de alguien a quien la vida lo ha llevado a la derrota y no tiene otra cosa en su corazón más que temor de no recibir las bendiciones de Dios, o la pregunta de alguien que no se cree merecedor de los dones del Todopoderoso… pero esto en realidad, dista un mundo de ser así; porque ésta es la misma pregunta de aquellos que creyeron que Dios podía librarles del horno de fuego que ardía siete veces, pero sabían que en realidad todo estaba en las manos del Omnipotente y que si el plan de Dios era meterlos en el fuego, en el fuego mismo se glorificaría en ellos.

No pongas tu fe en un milagro, pon tu fe en aquel que todo lo puede en todo…  no pongas tu fe en lo que puedes recibir de Dios, pon tu fe en aquel que aunque te meta en el horno de fuego, sabrá glorificarse en ti, rompiendo en el fuego tus cadenas, haciendo en el ínterin, milagros más portentosos de lo que te habías imaginado.

Durmiendo en la tormenta



Durmiendo en la tormenta…



Y he aquí que se levantó en el mar una tempestad tan grande que las olas cubrían la barca; pero él dormía. Mateo 8:24.



Aquellos hombres acostumbrados a la mar y sus tormentas, temblaban de miedo ante aquella tempestad, las olas copaban la barca y la llevaban de acá para allá, navegando a su merced; cualquiera que osara tomar el timón trataría en vano aquella faena, pues el mar embravecido hacía lo que quería con aquella pequeña embarcación.  No había escapatoria, y lo único que podían hacer era gritar aullando de terror.

Porque son aquellos momentos cuando el timón de nuestras almas nos es incontrolable, aquellos momentos cuando nos parece que navegamos a la deriva, sin poder izar las velas de nuestros sueños y propósitos, aquellos momentos donde los problemas nos empujan a donde quieren y nos llevan a naufragar en la mar de la incertidumbre; cuando perdemos el control de nuestro futuro y no sabemos qué será del mañana en nuestras vidas, cuando el temor se adueña de los pensamientos y la duda se posesiona de nuestras ilusiones.

Sin embargo, allí en aquel pequeño barco se encontraba un hombre al que para nada le preocupaba aquella situación, pues en medio de aquel peligroso vaivén, “dormía”.   Dormía porque sabía que el timón no lo manejaba él, sino el Todopoderoso que era dueño de aquel viento y creador de aquella mar.  Dormía porque sabía que llegaría hasta la otra orilla, y un día cumpliría con los sueños de Su Padre, dueño y señor de los vientos y las olas, porque creía en el que le enviaba por la vida hasta donde Él quería y no le afligía andar a la deriva.

Porque es cuando le damos el timón a aquel que controla hasta los vientos y las olas de altamar, cuando la confianza vence al temor y la aflicción; y es cuando nuestras metas dejan de ser nuestras y se convierten en los sueños del Señor, cuando podemos estar tranquilos en las pruebas, y podemos dormir en la tormenta.