Durmiendo en la tormenta



Durmiendo en la tormenta…



Y he aquí que se levantó en el mar una tempestad tan grande que las olas cubrían la barca; pero él dormía. Mateo 8:24.



Aquellos hombres acostumbrados a la mar y sus tormentas, temblaban de miedo ante aquella tempestad, las olas copaban la barca y la llevaban de acá para allá, navegando a su merced; cualquiera que osara tomar el timón trataría en vano aquella faena, pues el mar embravecido hacía lo que quería con aquella pequeña embarcación.  No había escapatoria, y lo único que podían hacer era gritar aullando de terror.

Porque son aquellos momentos cuando el timón de nuestras almas nos es incontrolable, aquellos momentos cuando nos parece que navegamos a la deriva, sin poder izar las velas de nuestros sueños y propósitos, aquellos momentos donde los problemas nos empujan a donde quieren y nos llevan a naufragar en la mar de la incertidumbre; cuando perdemos el control de nuestro futuro y no sabemos qué será del mañana en nuestras vidas, cuando el temor se adueña de los pensamientos y la duda se posesiona de nuestras ilusiones.

Sin embargo, allí en aquel pequeño barco se encontraba un hombre al que para nada le preocupaba aquella situación, pues en medio de aquel peligroso vaivén, “dormía”.   Dormía porque sabía que el timón no lo manejaba él, sino el Todopoderoso que era dueño de aquel viento y creador de aquella mar.  Dormía porque sabía que llegaría hasta la otra orilla, y un día cumpliría con los sueños de Su Padre, dueño y señor de los vientos y las olas, porque creía en el que le enviaba por la vida hasta donde Él quería y no le afligía andar a la deriva.

Porque es cuando le damos el timón a aquel que controla hasta los vientos y las olas de altamar, cuando la confianza vence al temor y la aflicción; y es cuando nuestras metas dejan de ser nuestras y se convierten en los sueños del Señor, cuando podemos estar tranquilos en las pruebas, y podemos dormir en la tormenta.  

Restauración del Tabernáculo de David


Renovación del corazón.

El tabernáculo de David se refiere a aquella tienda que David levantara para colocar el Arca de Dios en el Monte Sion, una tienda sin gran pompa, muy distinta al tabernáculo de Moisés, sin velo, ni atrio, pero muy importante para el Señor.  Porque a Él no le importaba cómo era aquella tienda, le importaba porqué David quería poner el Arca del pacto en ella.  


No era el tabernáculo, no era la alabanza, no eran las danzas, ni los instrumentos…  era el corazón de David lo que al Señor le agradó… eran sus sentimientos hacia Él… era "el amor" que le mostraba con el tabernáculo, las alabanzas, las danzas y los instrumentos.

La restauración del tabernáculo de David no se refiere a la renovación de la alabanza, se refiere a la restauración de ese corazón donde surgía la alabanza… se refiere a la restauración de ese corazón donde se posó la presencia de Dios,  porque era un corazón conforme al corazón de Dios”…  la restauración de aquella conexión entre Dios y David, aquel corazón sentimental que brincaba de alegría en la presencia del Dios altísimo, gritaba de júbilo ante las maravillas de su creador y clamaba llorando a mares por el perdón de su Señor… ese corazón que se salía de los estándares y rompía con las reglas humanas, con tal de agradar al Padre.   La restauración del Tabernáculo de David se refiere al levantamiento de aquellos hombres y mujeres que no se dejan domar por nadie con tal de expresar sus sentimientos a su amado, aquellos que no les importa si se hacen viles delante de los demás porque  todo lo hacen delante de Él y para Él.


La restauración del tabernáculo de David derribará los argumentos y filosofías humanas, romperá los estándares y tradiciones, quitando todo dique que impide el fluir del rio de Dios que debe brotar en los verdaderos creyentes, porque es ahora cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en Espíritu y Verdad.  

Luchando por los débiles



Ideales correctos, lucha incorrecta:

A menudo en el mundo se lucha por ideales correctos, se defienden los derechos de la mujer que ha sido sometida al machismo durante siglos, se defiende las tierras de los campesinos que un día fueron propiedad de sus ancestros, se defienden a los obreros oprimidos por los jefes millonarios, se lucha contra el racismo y la discriminación, se instituyen sociedades de protección animal, se enseña a los padres a no pegar a sus hijos y darles mayores libertades, se defienden los alimentos sanos y se lucha contra la obesidad…  en fin, se trata de defender al débil de una u otra manera.

Sin embargo, el espíritu del mundo utiliza estos problemas para desviar los pensamientos del hombre.   La obsesión toma el control, la ira se posesiona de los corazones, sangrientas guerras surgen a raíz de esa ira; el deseo se convierte en lucha, y la lucha en una consigna de pleito.   La lucha contra la obesidad da como resultado la bulimia y la anorexia; las mujeres se sublevan de los machos pero los divorcios que Dios aborrece (Malaquías 2:16) crecen exponencialmente, el aborto se convierte en la salida de los embarazos no deseados y el sida surge como hito de la libertad sexual, los sindicatos llevan a la quiebra su fuente de trabajo, la psicología enseña a los padres a no pegar con ninguna cosa a sus hijos, pero los niños se hacen más desobedientes, cumpliendo la profecía la Palabra del Señor donde dice que en los postreros días habría muchos desobedientes a los padres (2Timoteo 3:2); las pandillas se expanden como espuma y la sociedad se desangra ahora no por el problema sino por la solución.

Jesús dijo: …porque separados de mí nada podéis hacer (Juan 15:5) y el mundo ha puesto a un lado al Señor, pues han creído que su lucha se libra aquí en la tierra, pero se han olvidado que la lucha contra la injusticia fue librada en la cruz del calvario y se concluirá el día que Jesús venga otra vez.

Nuestra primera oración debe ser “ven Señor Jesús” (Apocalipsis 22:20), porque cuando esto suceda, Él enjugará toda lágrima, no habrá más llanto ni dolor, la injusticia cesará y reinará la justicia y la equidad; y para mientras que esto suceda oremos por los débiles, extendámosle una mano mostrándoles al Maestro, seamos el buen samaritano, enseñándoles a Cristo en sus vidas, y Él será su cimiento en medio de las tormentas, que no los dejará caer.

El poder de Su resurrección



El poder de Su resurrección.


Filipenses 3:10  a fin de conocerle, y el poder de Su resurrección, y la participación de sus padecimientos, llegando a ser semejante a Él en Su muerte...


El poder de Su resurrección sobrepasa todo poder conocido, sobrepasa aún los mismos milagros que Jesús hiciera sanando enfermos, quitando lepra, pagando impuestos de la nada, sacando fuera demonios o caminando sobre el agua.  Ese poder es el poder que levantó de los muertos a Jesucristo, quitó la piedra de aquella cueva, simplemente para mostrar que esa tumba se encontraba vacía; es aquel poder que lo hizo sentar en el trono del Padre, ese poder que no tiene obstáculo alguno, ese poder que sale victorioso aún contra la fuerza más poderosa del universo: la muerte.


Sin embargo, así como para ver esas maravillosas madrugadas con celajes de coloridos impresionantes, primero debemos pasar por las tinieblas de la noche, o para valorar la abundancia del Señor, primero debemos conocer la escasez, o como para gozar la salud, primero debemos haber estado enfermos… para resucitar, primero debemos morir, porque para conocer el poder de esa resurrección, primero debemos llegar a ser semejantes a Él en Su muerte.


Al final, el último enemigo que será destruido es la muerte (1corintios 15:26), y el poder de la resurrección vencerá dándole el golpe final.  ero mientras esto sucede, y mientras morimos cada día, tomando nuestra cruz (Lucas 9:23), Ese poder nos motivará a ir a la Gólgota menospreciando la verguenza, sabiendo de antemano que después de la cruz hay algo supremamente mejor. Debemos tener fe en ese poder (Colosenses 2:12), porque ese poder obrará por nosotros, haciendo en nosotros lo que es agradable para Dios (Hebreos 13:20-21), levantándonos de los muertos, no solo al final de los tiempos, sino también en esta vida, dándonos vida en abundancia.  Amén.

La Caída de Dagón



La caída de Dagón


Aquél día el Arca del pacto había entrado, no importa cómo, a la casa de Dagón, el dios pez de los filisteos, los enemigos del Señor.   La presencia del Dios Altísimo se encontraba morando en su casa y la guerra que generalmente se desarrollaba en los cielos, ahora se había mudado a ese relativamente pequeño lugar…  la casa de Dagón.    Pero Dagón no pudo soportarlo más… no pudo mantenerse en pié delante del Señor y tuvo que postrarse ante el Dios Todo Poderoso.  Sin embargo, sus seguidores, los adoradores de las cosas de este mundo, lo levantan al amanecer del otro día y el pobre diosecillo, sin tener el poder para evitarlo, tiene que caer postrado nuevamente, nada más que ahora, sin manos y cabeza, demostrando que ante Dios, nada ni nadie puede quedarse de pié sin caer ante Su presencia, porque siempre y para siempre, la victoria es del Señor.  (Lectura: 1Samuel 5:1-7)

Los dioses de este mundo, ego, lujuria, mentira, lisonja, amor propio, venganza, rencor, dinero, fama, y poder,  o aquellos amores que toman el trono del corazón del hombre, tales como madres, hijos, casas, familia, y propiedades, entre otras cosas,  no pueden mantenerse de pié delante de la presencia divina.  Por lo tanto, cuando Dios entra en aquel corazón, que hasta ahora era un templo de Dagón, tarde o temprano indefectiblemente, botará esos dioses delante de Su presencia, los decapitará, y derrotará delante de Su gloria. No hay otro fin para esos dioses cuando Dios entra en aquel corazón, solamente la derrota y la destrucción.

Sin embargo, como nadie puede servir a dos Señores (Mateo 6:24), aquellos filisteos, aun viendo el poder de Dios, no pudieron soportar ver la capitulación de su dios caído y  humillado, no pudiendo hacer otra cosa más que sacar al Arca de Dios de su pueblo, de su casa, pues amaban más a su señor de la niñez, que al Rey de reyes y Señor de señores…  amaban más aquel medio pez, que al Creador del universo… amaban más a aquella estatua de piedra, que al Dios que había entrado en sus vidas.     Pero lo más triste y lamentable de todo esto es que la historia vuelve a repetirse, pues habiendo hoy en día un sinfín de cristianos con corazones que amando más otras cosas que a Dios, después de haber visto el gran poder del Altísimo derrotando los ídolos de su corazón, vuelven la vista y con melancolía empiezan a añorar aquellos años cuando el objeto de su adoración estaba sentado en el trono de sus vidas.  Recuerdan los tiempos cuando el ego era su propósito en la vida, la lujuria su secreto más oculto, la mentira su forma de salir de los problemas, la lisonja el arma más sutil para ganar todas sus riquezas, el dinero la forma más práctica de adquirir las cosas de este mundo, y se deciden a tomar el Arca del Señor, y ponerla afuera, para dejar de someterse a la santidad y la justicia, deciden hacer a un lado al Dios que los llamó, dejando la obediencia.  No obstante, aquel dios al ver que el Espíritu del Señor ya no se encuentra más en su antiguo templo, va y busca otros siete peores que él y toman posesión de aquella vida, esclavizando ese corazón peor aún que antes (Mateo 12:43-45). 

No volvamos atrás otra vez hermanos, porque nadie que ama padre, madre, cónyuge o hijos más que al Señor  es digno del Señor (Mateo 10:37), pero cualquiera que haya dejado casas, o hermanos, o hermanas, o padre, o madre, o mujer, o hijos, o tierras, por el nombre de Jesús, recibirá cien veces más, y heredará la vida eterna. (Mateo 19:29), porque habrá derrotado al Dagón que tenía en el trono de su corazón y éste jamás se levantará.  ¡Adelante pueblo del Señor! Que la victoria es de Él. Amén.