La Caída de Dagón



La caída de Dagón


Aquél día el Arca del pacto había entrado, no importa cómo, a la casa de Dagón, el dios pez de los filisteos, los enemigos del Señor.   La presencia del Dios Altísimo se encontraba morando en su casa y la guerra que generalmente se desarrollaba en los cielos, ahora se había mudado a ese relativamente pequeño lugar…  la casa de Dagón.    Pero Dagón no pudo soportarlo más… no pudo mantenerse en pié delante del Señor y tuvo que postrarse ante el Dios Todo Poderoso.  Sin embargo, sus seguidores, los adoradores de las cosas de este mundo, lo levantan al amanecer del otro día y el pobre diosecillo, sin tener el poder para evitarlo, tiene que caer postrado nuevamente, nada más que ahora, sin manos y cabeza, demostrando que ante Dios, nada ni nadie puede quedarse de pié sin caer ante Su presencia, porque siempre y para siempre, la victoria es del Señor.  (Lectura: 1Samuel 5:1-7)

Los dioses de este mundo, ego, lujuria, mentira, lisonja, amor propio, venganza, rencor, dinero, fama, y poder,  o aquellos amores que toman el trono del corazón del hombre, tales como madres, hijos, casas, familia, y propiedades, entre otras cosas,  no pueden mantenerse de pié delante de la presencia divina.  Por lo tanto, cuando Dios entra en aquel corazón, que hasta ahora era un templo de Dagón, tarde o temprano indefectiblemente, botará esos dioses delante de Su presencia, los decapitará, y derrotará delante de Su gloria. No hay otro fin para esos dioses cuando Dios entra en aquel corazón, solamente la derrota y la destrucción.

Sin embargo, como nadie puede servir a dos Señores (Mateo 6:24), aquellos filisteos, aun viendo el poder de Dios, no pudieron soportar ver la capitulación de su dios caído y  humillado, no pudiendo hacer otra cosa más que sacar al Arca de Dios de su pueblo, de su casa, pues amaban más a su señor de la niñez, que al Rey de reyes y Señor de señores…  amaban más aquel medio pez, que al Creador del universo… amaban más a aquella estatua de piedra, que al Dios que había entrado en sus vidas.     Pero lo más triste y lamentable de todo esto es que la historia vuelve a repetirse, pues habiendo hoy en día un sinfín de cristianos con corazones que amando más otras cosas que a Dios, después de haber visto el gran poder del Altísimo derrotando los ídolos de su corazón, vuelven la vista y con melancolía empiezan a añorar aquellos años cuando el objeto de su adoración estaba sentado en el trono de sus vidas.  Recuerdan los tiempos cuando el ego era su propósito en la vida, la lujuria su secreto más oculto, la mentira su forma de salir de los problemas, la lisonja el arma más sutil para ganar todas sus riquezas, el dinero la forma más práctica de adquirir las cosas de este mundo, y se deciden a tomar el Arca del Señor, y ponerla afuera, para dejar de someterse a la santidad y la justicia, deciden hacer a un lado al Dios que los llamó, dejando la obediencia.  No obstante, aquel dios al ver que el Espíritu del Señor ya no se encuentra más en su antiguo templo, va y busca otros siete peores que él y toman posesión de aquella vida, esclavizando ese corazón peor aún que antes (Mateo 12:43-45). 

No volvamos atrás otra vez hermanos, porque nadie que ama padre, madre, cónyuge o hijos más que al Señor  es digno del Señor (Mateo 10:37), pero cualquiera que haya dejado casas, o hermanos, o hermanas, o padre, o madre, o mujer, o hijos, o tierras, por el nombre de Jesús, recibirá cien veces más, y heredará la vida eterna. (Mateo 19:29), porque habrá derrotado al Dagón que tenía en el trono de su corazón y éste jamás se levantará.  ¡Adelante pueblo del Señor! Que la victoria es de Él. Amén.

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